La ilusión de leer: formar lectores en casa, un aprendizaje compartido

Es importante inculcar en nuestros hijos el hábito de la lectura, ya que desarrollará sus habilidades de crear y razonar. 

Si alguna vez ha escuchado a un niño decir “no me gusta leer”, pregúntele de inmediato si ha leído Condorito y si no le parece que es imposible no reírse con él. Con su respuesta comprobará que no es que tenga aversión a la lectura, sino que no llega a ser consciente del tipo de texto que disfruta.

Entonces ¿cómo motivarlo a leer más allá de lo que hace en el colegio? La clave está en enseñarle a gozar de la lectura, que sienta placer, que se entretenga, que se ilusione.

El primer obstáculo pueden ser los padres o madres (y tal vez los maestros), quienes no siempre tienen el hábito de la lectura y se sienten forzados a transmitir algo que no poseen. En ese caso, estamos frente a la necesidad de un aprendizaje compartido, frente al reto de reconocer con el pequeño el mundo de fantasía, risa o llanto contenido en esas páginas, que muchas veces son estigmatizadas como menos atractivas que las pantallas electrónicas (sonoras, intensas). Es cuestión de intentarlo.

La elección del libro correcto es fundamental.  Afortunadamente, hoy la oferta es amplia, variada y cada vez más accesible, por lo que los niños  tienen más opciones para escoger. Las librerías se han convertido en espacios amables y cuentan con la orientación profesional para la elección de los temas que despiertan la curiosidad. Las ferias del libro (como la FIL 2018 que va hasta el 5 de agosto) son otra oportunidad interesante para despertar el interés por la lectura.

Estas congregan una gran variedad de editoriales con títulos novedosos y clásicos, y ofrecen actividades y talleres a los que concurren amantes de la lectura en un ambiente festivo. Para los padres y madres, además, representan la oportunidad de encontrar buenas ofertas. Vale la pena darse una vuelta por ellas con los niños.

Una recomendación final: es muy importante cultivar esa tradición tan antigua y cálida de leer a la hora de acostarse. Padre o madre, hijo o hija (¡también los abuelos, por favor!), acurrucados, juntos, algo somnolientos, reservando las últimas energías del día para sumergirse en un encuentro cotidiano con personajes e historias que los transportan a un mundo imaginario.

La voz se hace cada vez más lenta, las palabras se confunden a medida que la ficción se superpone a la realidad, el sueño se va apoderando de los lectores. Con el tiempo, la lectura se hace alternadamente: una página el adulto, otra el niño. Aparecen las preguntas y las explicaciones a las diferentes partes del relato. Conversaciones y críticas a historias, lenguajes y autores. 

La práctica se hace costumbre y el hábito de la lectura se instala como una necesidad. La aproximación a la lectura no siempre resulta en amor a primera vista. Hay libros que desencantan,  que prometían algo mejor, que aburren o confunden. Si un libro no les gusta, pasen a otro. Nadie puede exigir fidelidad a un autor o a una obra. Lo importante es no alejarse de la lectura por una mala experiencia.

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