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13 Dic 2019 | 16:40 h

Mayra Couto tras depresión: "Reconozco en mí a la persona audaz y talentosa que no podía ver"

Mayra Couto escribe un nuevo capítulo de 'Ella baila sola', donde revela cómo superó la depresión tras llegar a Cuba.

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    A lo largo de estos años, la escuela (*) me ha transformado muchísimo como persona y como profesional. Siento que he crecido mucho, que he abierto los ojos, que estoy más despierta. Sin embargo, no siempre fue así. Si eres de las personas que, como yo, se les hace difícil confiar en sí mismas, espero que esta columna te permita ver otros panoramas.

    Soy de las personas que hacen, de los pequeños espacios que habito, un hogar. En Al fondo hay sitio, mi camerino era también mi escritorio de estudio, mi comedor y mi lugar para descansar. Me encantaba decorar mi casillero e incluso, a veces, decoraba otras paredes con dibujos que yo misma hacía. En Cuba, vivo en el último piso de un edificio de cuatro pisos, tengo una habitación bastante amplia con un pequeño baño. Hoy, está toda decorada. Este año, en setiembre, llegué y cambié sus paredes blancas con pintura beige. Pero esto no fue fácil.

    La primera semana, en 2017, me parecía un infierno estar ahí sola. Las paredes de la habitación, el piso, la distribución de mi cuarto, todo se me hacía tan ajeno que realmente no sabía por dónde empezar. Pintaba mandalas todo el tiempo, pero no me sentía cómoda en ese lugar; sobre todo porque no me sentía cómoda conmigo misma.

    Ahora puedo reconocerlo: no era el espacio el que me era ajeno, era yo misma. Extrañaba todo: mi familia, mi trabajo, mis amigos, mis rutinas. A mi perrita, me la llevé a Cuba al mes y mi vida mejoró. Pero aún así, solía haber momentos en que venía la depresión y mi habitación se convertía en un verdadero chiquero – eso diría mi madre si la hubiera visto. No comía bien, no dormía bien, solía estar cansada, me dolía todo el cuerpo y no me paraba de mi cama con facilidad, incluso muchas veces me quedaba inmóvil sin capacidad alguna.

    Este año, tomé la decisión de hacerme cargo de mí, empecé a llevar terapia psicológica y psiquiátrica. Están tan estigmatizadas estas últimas palabras, que pueden sonarte fuerte. Pero no lo son. Tenía una depresión que dificultaba mi funcionalidad en la escuela. Tantos años soñando con estudiar ahí y no lo estaba aprovechando. Ambas terapias han cambiado mi forma de aparecer en el mundo. Me siento mucho más segura de mí misma. Tengo confianza, tengo memoria. Solía olvidar por qué estaba ahí, cuál era mi objetivo, quién era yo, cuáles eran mis habilidades y cada sesión con mi terapeuta, me ayudaba a reconocerme a mí misma todas las cosas buenas que hacía y que no veía.

    Ahora, entro de vacaciones unas semanas y vuelvo a casa, en Lima. Pero es que ya le estoy agarrando el gusto a cada clase, a cada maestro y a la rutina de Cuba. Pero es que ya tengo un hogar ahí, con paredes llenas de frases que me alientan y me recuerdan día a día las respuestas a esas preguntas. Y reconozco en mí a la persona audaz y talentosa que no podía ver. Por supuesto que siempre hay más cosas que aprender. Pero ya valoro cada día en donde estoy, ya hice vínculos con gente entrañable y ya tengo una nueva rutina. Y en seis meses me tocará volver a soltar. En julio me gradúo. Después de tres años de empezar a vivir mi sueño, siento que recién lo disfruto, que me hace feliz y me gusta. Si hubiera visto antes estas opciones, la historia sería distinta. A veces, solo necesitamos pedir ayuda, hay personas que nos aman y están dispuestas a mostrarnos la salida; y hay profesionales que conocen el camino a esa salida, solo hay que acercarse y empezar. Siempre hay que empezar. Y a veces, también hay que dejar ir.