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09 Abr 2019 | 15:04 h

¿Qué son la felicidad y la libertad para Wendy Ramos?

Wendy Ramos es una de las ganadoras de los Premios Wapa 2019 y revela cuáles han sido los aprendizajes más valiosos de su vida.

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    Wendy Ramos no necesita presentación. Se hizo muy popular en los noventa por ser parte de Pataclaun, grupo teatral pionero del estilo clown en el país, cuyos éxitos teatrales y televisivos son recordados y celebrados hasta hoy.

    Más adelante, siguió disfrutando del reconocimiento del público por su unipersonal Cuerda, una obra de corte introspectivo que ha sido repuesta en múltiples oportunidades, y por la publicación de Diario de una vaca descarriada, su libro de reflexiones acerca de temas como la alegría, la tristeza, la vida, sus propios proyectos y más.

    Pero Wendy es también muy apreciada por la gran labor que realizó con Bolaroja, una asociación sin fines de lucro que fundó en el 2001 y surgió tras su trabajo de exploración de nuevas técnicas y caminos del clown. Entre muchas otras actividades, Bolaroja se ocupó por quince años de la formación payasos profesionales, la organización de talleres y de acompañar a personas en hospitales y otros lugares del Perú.

    El clown la ha acercado a los demás y ha marcado su vida en más de un sentido, pero tal vez lo más importante sea que, con esfuerzo y mucha voluntad, la ha llevado a un encuentro consigo misma, pues ha sido la mejor forma de liberarse de etiquetas e imposiciones, y entender lo que realmente la hace feliz y desea en la vida. En sus palabras: “ha sido un pasaporte a libertad”.

    Tal vez ese haya sido su principal aprendizaje y también el mensaje más valioso que tiene para los demás. Aquí lo que tiene que decir.

    ¿Qué es ser clown para ti?

    Ser clown, artísticamente hablando es como un pasaporte a la libertad, una liberación hacia el juego, hacia mi esencia. El mayor impacto del clown ha sido en mi vida personal. Más allá de lo artístico, el clown ha significado mucho en mi vida. Con cada técnica aprendida para ser payasa había un nuevo impacto en mi vida.

    El clown no tiene que demostrar nada, no tienen etiquetas, puede ser libremente, vivir en el fracaso, y es ahí donde encuentra su riqueza. Por eso, a mí el clown me ha enseñado que no hay que tenerle miedo al fracaso, al error, porque el error es una posibilidad maravillosa. Perdiendo el miedo al error me doy cuenta de que yo puedo elegir y tomar mis propias decisiones. Si encuentro una puerta cerrada, busco una ventana y me meto por ella, y si no hay ventanas, me meto por el techo.

    ¿Y es algo que sientes que también logras en los demás?

    Yo creo que he logrado despertar eso en muchas personas también. Es algo que me da alegría. Gente que antes vivía la vida en automático (porque la tenía que vivir o porque estaba obligada a hacerlo) comienza a darse cuenta de lo que le da placer.

    Empiezan a pensar si de verdad quieren al marido que tienen al lado, si disfrutan de ir a trabajar o no, si quieren seguir viviendo donde viven, y así. Muchas veces después de los talleres de clown la gente se divorcia (o se casa), renuncia, se muda; es decir, empiezan a darse cuenta de lo que quieren y toman decisiones: encuentra otros caminos.

    ¿Cómo es eso de las etiquetas?

    Es algo que noté al comenzar mis talleres. Cuando conoces a alguien pero no sabes nada de esa persona, ni en qué trabaja, ni dónde estudió, cuál es su familia o si tiene plata o no; es decir, cuando todos estamos en buzo y representamos simplemente lo que somos en ese momento se produce algo maravilloso. La gente deja los prejuicios, deja de etiquetar. Nada de “oh, es gerente, debe tener plata”, “ah, es músico, debe ser un piojoso”, “ah, es médico, tal vez en algún momento necesite su ayuda”… Y dejas de aproximarte a los demás por el puesto que ocupa. Ya no te quedas en la imagen superficial, y deja de haber un interés detrás.

    Así que yo adopto la táctica de no preguntarle a la gente qué cosa hace al comienzo del taller y me doy cuenta que la gente comienza a tratarse de otra maneras cuando no sabe qué hacen los otros.

    ¿Y qué hace un clown con las etiquetas?

    Justamente, entrar en estado de clown es despojarse de todas las etiquetas y pretensiones, aproximarse a la fragilidad de lo que somos, jugar en el fracaso. Así que no te mira ni de arriba ni de abajo. No se siente ni mejor ni peor que el otro. Simplemente “es”. El clown nos vuelve a todos iguales y nos permite ser libres. No tengo que demostrarte nada. Si yo estoy con mi etiqueta es como que te tengo que demostrar que yo soy esto, que yo soy aquello… A veces estamos en situaciones así, en que tienes que demostrarle a la gente lo que sabes.

    Me pasaba mucho en reuniones (antes, ahora ya no tanto). Había una conversación de hombres y si yo quería entrar en su grupo se me hacía muy difícil. Si estaban hablando de viajes, yo tenía que hablarles también de mis viajes para demostrarles algo y recibía respuestas como: “ah, mujercita, ¿y quién te pagó los pasajes?”. Y el clown no necesita mostrarle nada a nadie porque simplemente está ahí, en estado de juego. Ese estado facilita que estemos con las demás personas, con su simpleza, con lo que es de verdad y no con lo que lo cubre.

    ¿Cómo resumirías la esencia del clown?

    La esencia del clown es simplemente estar, dejar de estar tenso o a la defensiva, dejar el miedo a la gente, dejar que el cuerpo descanse, y la mente también. Y en ese estado aprendes muchas cosas porque se despierta la curiosidad. De hecho, me gustaría pasar más tiempo en ese estado.

    ¿Y como es que todo esto se convierte luego en el proyecto de Bolaroja?

    Mi relación con el clown empezó por lo escénico, en Pataclaun, que era más entretenimiento; pero cuando eso terminó comencé a explorar otras formas del clown, como el comunitario y el hospitalario. Esa nueva manera que encontré me acercó más a ese estado de fragilidad del que hablaba antes y eso iba bien con mis intereses personales de ayuda social.

    La idea fue concretándose y formamos una escuela donde podía enseñar herramientas de clown asociada a un programa de voluntariado que nos permitía ayudar a los demás. Se fue formando una familia hermosa. Recuerdo que siempre íbamos pensando: “¿qué más hacemos con esto?”, “¿y si lo enseñamos a personal de salud?” y “¿si lo enseñamos a maestros?” “¿y si vamos a un hospital de niños y ahora vamos a un hospital de adultos?”, “¿y si vamos a una cárcel?” “¿y si vamos a un hospital psiquiátrico?” Y así fuimos creciendo. También íbamos a oficinas, hicimos intervenciones en la playa… uf.

    Lo bonito fue que a dónde íbamos siempre éramos recibidos como si perteneciéramos ahí, como si siempre nos hubieran estado esperando. Y la verdad es que no lo sentíamos como un sacrificio, porque es un placer para nosotros poder tener esas experiencias.

    ¿Y por qué crees que te recibían así de bien?

    Porque no solo éramos clowns que llegaban para hacer reír, nos acercábamos y ayudábamos a la gente a explorar otras formas de ser. Bueno, y a dónde íbamos tratábamos de no ser invasivos, de respetar si nos querían ver en ese momento o no. Entonces ese respeto por la elección del otro, por la decisión del otro, por la libertad del otro creo que hacía que las relaciones que entablábamos fueran bonitas.

    ¿Y por qué puede ser bueno para una persona que está hospitalizada relacionarse con un clown?

    No solo porque podíamos hacerlos reír, sino porque les abríamos la posibilidad de verse de otra manera. En un hospital las personas son vistas como enfermas, etiquetadas por su condición clínica. Más aún si tienen alguna afección visible, una herida, si no tienen pelo o algo así. Todo el mundo va y le pregunta: “¿cómo sigues?”, “ya vas a mejorar”… Y de repente llega este payaso que te mira a ti y no está mirando eso que todo el mundo está mirando. Y la persona hospitalizada piensa, “ay verdad que yo no solo soy esta cosa que tengo ahora, yo soy mucho más”. El payaso te mira a ti, te mira a los ojos, con alegría sincera, con horizontalidad y te hace sentir cómodo. Eso hace que la gente se ponga en otra posición frente a sus males. Entonces te recuerda que estás ahí, que sigues vivo, que no eres alguien que se está muriendo.

    ¿Qué es para ti la felicidad?

    Para mí la felicidad son momentos. No creo que pueda existir alguien que sea feliz todo el tiempo. Es más, no deberíamos ser felices todo el tiempo con el país como está y con todo lo que pasa en el mundo en general. Seríamos locos si lo fuéramos. Pero creo que sí podemos habilitarnos a nosotros mismos esos momentos. Son como “islas de felicidad” que nos motivan en la vida. Por eso es importante identificar qué nos gusta, qué queremos y proponernos llegar a ello. Ahora me voy a ir a comer con mi hermano que vive fuera y saber que lo voy a ver me entusiasma porque sé que me hará feliz. Saber que va a haber panetón esperándome en casa también me hace feliz. Ja, ja, ja. Pueden ser como cosas pequeñas, cosas grandes.

    ¿Y crees que tu chamba es darle felicidad a la gente?

    Creo que más que dársela es hacer que se den cuenta de que existe y que ellos mismos se la pueden dar. A mí me gustan cuando voy a ver algo y salgo con una conciencia diferente o por lo menos conmovida. Y creo que es algo que trato de hacer en todas las cosas que hago, en mi obra de teatro, en mi libro, en mis talleres, en mis voluntariados

    Ahora que venía para acá decía por qué me han llamado a mí, qué estoy haciendo de importante para que me premien. Y recordaba lo que la gente me dice muchas veces, en la calle o en el Facebook. Y a veces siento que puedo ser un farito que alumbra sitios donde a veces no estás mirando. Es decir que contando mis experiencias, liberándome de etiquetas y exponiendo lo que siento, logro que otras personas se identifiquen y descubran algo nuevo. Siento que hay que despertar a mucha gente y eso me encanta. Uno de los piropos más bonitos que me hicieron cuando estrené Cuerda fue un chico que me dijo “Esto es una trampa, yo he venido a reírme, me estoy yendo con tarea” y yo “¡Bien!”.

    ¿Es lo que más satisfacciones te da?

    Lo que a mí me importa mucho es despertar en la gente esta conciencia de que tienen la libertad de elegir. En mi casa todos los platos son diferentes y cuando invito gente a comer les pido que escojan con cuál quieren comer. Me responden “con cualquiera” y yo les digo: “ven, mira los platos, tengo de conejo, de gato, de dibujitos, ¿cuál quieres?”. Así como eliges el plato, puedes elegir todo en la vida.

    Parece muy simple, pero elegir no siempre es sencillo. A mí me costó mucho pero la verdad es que a mí me gusta elegir, me gusta tener mi sartén por el mango y decidir qué es mi vida. No quiero que la tengan otros, no quiero que otros decidan por mí. Ni mi trabajo, ni lo que hago, ni cómo me visto, ni cómo debe ser mi cuerpo, nada. Quiero tomar mi sartén.

    ¿Qué es el arte para ti? ¿Qué es el arte que tú haces?

    Creo que es una herramienta súper poderosa para despertar a la gente, para expresarte, para decir lo que piensas de una manera bonita, y que pueda llegar a los demás. Quiero que todos sean libres, que sepan que pueden elegir. No me gusta decirle a la gente compra mi libro, anda a ver mi obra; yo lo pongo bonito y, si te gusta, tómalo. Odio usar esas palabras imperativas: “comparte”, “pon”, “haz”, “compra”. No, yo quiero que tú escojas qué plato quieres para comer.

    ¿Tienes alguna cosa en particular que quieras comunicar específicamente a las mujeres?

    Yo creo que sí, la mayoría de personas que me siguen a mí son mujeres. Siento que de alguna manera se identifican o entienden cosas que yo hago o digo. Hasta el hecho de que yo no haya tenido hijos y que no sea la imagen tradicional de la mujer que no tiene hijos (y vive amargada con sus gatos) ya es un mensaje: “¡Ah, se puede no tener hijos!”.

    Recuerdo que una vez salió una entrevista donde en la que me preguntaron si se me había “pasado el tren”. Yo respondí: “no, yo lo dejé pasar”. Yo no quería subirme a ese tren. Muchas mujeres jóvenes me escribieron. Fue como mostrar que hay otros caminos.

    Como que hay (o había) entre las mujeres mucha vergüenza que nos da hablar de lo nuestro. Una vez hablaba con una chica que estudia mucho los temas de género y me decía: a las mujeres les cuesta mucho decir lo que valen, lo que han hecho sus triunfos. Un hombre lo tiene acá, en la punta de su lengua, puede pasarse media hora hablándote de sus triunfos, de sus medallas, de sus éxitos y a una mujer le cuesta mucho. Muchas mujeres últimamente me dicen: “me encanta como hablas de ti y de lo que haces”. A mí me ha costado pero creo que estoy cambiando en eso.