La virginidad femenina: una gran mentira aún vigente

La sexualidad femenina está rodeada de mitos y uno de los más grandes es el de la virginidad.

Si bien es cierto que puede que actualmente sea mucho menor la cantidad de mujeres que vive desde una grave preocupación hasta un terrible tormento cuando piensa en cómo evitar la pérdida de su virginidad; el mito sobre la pureza de la mujer todavía persiste en el imaginario de muchas.

Antes del establecimiento de las religiones patriarcales, ser virgen significaba ser una mujer completa en sí misma, es decir, sentirse plena sin necesidad de nadie más, luego pasó a tener el significado actual: ser virgen es una mujer que no ha sido penetrada vaginalmente por un hombre.

Como podemos observar, el concepto de virginidad puede variar culturalmente debido a que es una construcción social, es decir, una idea creada por los miembros de una sociedad determinada con unos fines específicos. En el caso de la virginidad femenina se trata de una manera de controlar la sexualidad de las mujeres.

El himen no se rompe

Cuando hablamos de virginidad inevitablemente tenemos que hablar del himen, ya que anatómicamente esta membrana se ha identificado como punto determinante a la hora de determinar si una mujer es virgen o no. El himen es un repliegue membranoso que forma parte de la vulva y se encuentra rodeando o cubriendo parcialmente la entrada de la vagina.

Se cree que una mujer que es virgen, es decir, que no ha tenido coito vaginal con un hombre, tiene el himen intacto, mientras que las que han “perdido” su virginidad lo tienen roto. También se cree que durante el primer coito vaginal un hombre puede identificar si una mujer es virgen o no debido a la dificultad para llevar a cabo la penetración vaginal —producto de la presencia del himen que es visto como una barrera— y el dolor físico y el posterior sangrado vaginal en la mujer.

Pero lo cierto es que el himen es flexible y elástico, de tal manera que cuando ocurre la penetración vaginal puede estirarse sin romperse y sin presentar ningún sangrado. Por otro lado, hay mujeres que nacen sin himen. De esta manera podemos afirmar que la base anatómica de la virginidad femenina no existe, pues el himen no es cómo creíamos que era.

Tu primera vez es contigo misma

Ahora hablemos de otro punto importante con respecto a la virginidad: el valor social que se le ha otorgado a la virginidad femenina como una cualidad positiva que las mujeres deben poseer o, en todo caso, conservar por el mayor tiempo posible: hasta llegar al matrimonio o hasta encontrar a un hombre con quien quieran tener una relación de pareja seria y duradera. Mientras que a los hombres no se les exige lo mismo, ya que la virginidad masculina es vista como algo de lo que ellos deberían avergonzarse y, por ende, existe un mandato social que apresura a los hombres a que inicien su vida sexual con quien sea y a que tengan la mayor cantidad de experiencia sexual y compañeras sexuales a lo largo de su vida.

De la misma manera que anatómicamente la virginidad no existe, culturalmente tampoco debería existir. El valorar a una mujer por su falta de experiencia sexual es una forma de controlar nuestro cuerpo, nuestro placer y nuestra sexualidad. Tener sexo con otras personas no determina qué tan valiosa eres, lo único que hace es otorgarte más experiencia sexual y quizás un mejor criterio para elegir amantes, parejas o compañeros sexuales que te traten con el respeto, la generosidad, el cuidado y la ternura que todas nos merecemos.

Por otro lado, en realidad tu primera vez es (o debería ser) contigo misma. Explorar tu cuerpo con curiosidad durante tu niñez o tu adolescencia o descubrir el placer durante tu juventud o tu adultez son (o deberían ser) las primeras experiencias sexuales de tu vida. Luego habrá una y otra vez una primera vez con alguien más.

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