No es amor: aprende a identificar cuando una relación es tóxica

Cómo identificar y qué hacer cuando las relaciones de pareja no son saludables.

Entrevista a Adriana Fernández, psicóloga clínica y comunitaria

¿Qué es la violencia psicológica de pareja?

Es cuando una persona utiliza palabras o adopta actitudes para herir o denigrar a otra, con el objetivo de controlarla, someterla o tener poder sobre ella. No se trata de un desliz o un hecho aislado, sino de una serie de actos que (constantes o no) definen cómo es la relación con la otra persona. Puede manifestarse también con acciones más sutiles como la vigilancia constante de las actividades de la otra persona, la revisión de su celular, los celos enfermizos, etc.

¿Cómo marcar la línea que divide un momento tenso en una relación con la violencia sistemática?

En las relaciones de pareja puede haber momentos de ira o de rabia que se pueden manifestar con palabras subidas de tono, de insultos o de peleas (si tuviste un mal día, se te podría escapar algo en una especie de desfogue). Pero esta situación debería llevar a una reflexión de ambas partes y, sobre todo, de quien ha agredido. Si eso pasa, si hay un pedido de disculpas y cesa la agresividad, entonces podemos estar hablando de un conflicto propio de las relaciones de pareja y no de algo permanente que marca el tipo de relación. Si, en cambio, hay una intención de querer herir, humillar, burlarse o dominar a la otra persona con estas acciones, podemos hablar de maltrato psicológico.

¿Qué consecuencias tiene este tipo de violencia?

Sus efectos son más sutiles que los de la violencia física, pero son más graves, más devastadores. Los insultos, las humillaciones, dejan marcas muy profundas en las mentes de las personas. Cuanto más se prolonga una situación abusiva, más la víctima va incorporando para sí misma la imagen negativa que el otro intenta plasmar como si fuera una realidad. Entonces la víctima termina por perder la confianza en sí misma. Se convierte en una relación tóxica en la que vas perdiendo tu autonomía y vives a expensas del otro.

¿Y qué hacer en una situación así?

Lo más importante —y lo más difícil— es identificar que eso que está sucediendo es violento o tóxico. Y eso suele ser muy difícil por dos motivos principalmente.

El primero: que la violencia psicológica, física o sexual te quita la capacidad de pensar y te bloquea. Salir de ese estado es muy difícil. Por eso, es clave no perder los vínculos afectivos con las personas queridas, porque son quienes nos pueden hacer ver cosas muy duras de aceptar. Por supuesto, otra opción es buscar ayuda psicológica profesional, pero digamos que lo más inmediato es recurrir a gente cercana que tenga la distancia suficiente frente a la relación para ayudarnos a pensar. Y ojo, hay que tener en cuenta que muchas veces un mecanismo de la violencia psicológica es aislar a la víctima: quitarle el celular, no dejarla visitar a la familia o conversar con amistades, chantajearla. Eso es muy peligroso.

Entonces, hay que tratar de estar muy atentas a cómo nos sentimos. Hacernos preguntas muy sencillas: “¿esto está bien?”, “¿es normal que mi pareja me trate así todo el tiempo?”, “¿eso me molesta, me incomoda, me hace sufrir?”. O sea, monitorear nuestras emociones. No hay que minimizar el malestar, sino tratar de escucharlo. A partir de ese entendimiento, se debe optar por tratar de transformar esa relación o dar el paso de terminar con ella.

¿Y cuál sería la otra razón por la que es difícil identificar la violencia psicológica?

Que vivimos todavía en una sociedad en la que se reivindica el amor romántico tradicional. Los celos, por ejemplo, no son vistos como un acto de violencia y control; sino como una expresión de amor. Entonces, se admite que te pidan la clave de tu celular, que te cuestionen por qué miraste a alguien, por qué llegaste tarde o por qué bailaste con tal sujeto. O cosas más sutiles aún, como cuando te dicen: “mejor hablamos de otra cosa porque eso no es cosa de mujeres”. Asimismo, la idea de que si te divorcias fracasaste te puede llevar a tolerar situaciones incómodas por mucho tiempo. Estamos acostumbrados a movernos en vínculos violentos. La violencia física se ha naturalizado desde la crianza. El insulto y la humillación están naturalizados a través de los chistes. Estas cosas hacen que la violencia sea más difícil de identificar.

¿Y qué hacer como sociedad?

La opinión pública y quienes atendemos este tipo de casos solemos poner el foco en la persona que ha sufrido la agresión, pero en el fondo se trata también de ver el otro lado, es decir, entender por qué agrede quien agrede y por qué por lo general son hombres. Y ahí tenemos que se trata de la sociedad machista que suele promover que los hombres sean dominantes, posesivos y agresivos; mientras que reprime eso en las mujeres, que deben ser sumisas, abnegadas y delicadas. Hay que cambiar la forma en que educamos.

¿Cuál crees que es la función de las redes sociales en el tratamiento de estos casos?

Yo creo que las redes sociales no son el camino o el espacio ideal de denuncia. De hecho, debería ser el formal: vas a la Policía, comienza la investigación y continúa su proceso. Pero ¿qué pasa en países como el nuestro? Pues, por lo general, ese proceso formal de denuncia más bien termina por revictimizar a la denunciante, la expone y la pone en peligro o avala la violencia porque no sanciona la violencia y no ofrece ninguna reparación. Entonces, aparecen las redes como el único espacio reivindicativo para la denunciante, pese a que no tienen ni los mecanismos, ni los protocolos, ni ninguna estructura que permita encaminar las denuncias hacia lo que se quiere. De alguna manera, la sanción social de las redes está supliendo la sanción formal que muchas veces no se encuentra.

¿Y entonces se debe denunciar?

Pese a lo dicho antes, la denuncia es un derecho que tenemos todos y debemos acceder a ella cuando consideremos pertinente. Es una decisión muy personal, pero si se toma la decisión es importante buscar ayuda para que el sistema atienda debidamente el proceso.

El gaslighting

Es un término que se ha difundido últimamente y surge por una película de los años cuarenta. En ella un hombre manipula a una mujer para hacerla creer que lo que ella percibía no era real sino producto de su imaginación. Es frecuente encontrar situaciones de gaslighting en relaciones tóxicas y en Psicología se usa el concepto de “violencia cíclicamente perversa” para definir esta forma de abuso psicológico. Se trata de una serie de acciones hostiles, constantes y malintencionadas para confundir a la víctima, hacerla dudar de sus percepciones, de su pensamiento, de sus juicios, de su propio criterio. Así se logra que sienta que no tiene control sobre su propia vida, sus pensamientos o sus emociones, llegando al cuestionamiento de su salud mental. Esto es útil al objetivo de dominación en una relación insana.

CIFRA:

65.4 % de mujeres entre 15 y 49 años fueron víctimas de violencia por parte de su pareja en el 2017 según el INEI. De ese porcentaje, 61.5 % correspondió a violencia psicológica.

DATO:

Los daños psicológico y psíquico son considerados como formas de lesión en el Código Penal y, de ser comprobados por un médico legista, pueden llegar a tener pena privativa de la libertad de hasta 5 y 8 años, respectivamente.

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