Un hombre real confiesa lo que sintió cuando supo que no podría ser papá

Leonardo, abogado, de 32 años 

Uno de los clichés más recurrente en las columnas opinión feministas es como Disney arruinó sus vidas al imponerles estándares que no estaban en sus aspiraciones. Estoy seguro de haber leído muchos artículos de escritoras quejándose de como Disney las había hecho creer que la felicidad dependía de encontrar un príncipe azul que la hiciera reina de su castillo para llenarlo de pequeños príncipes, mayordomos y nanas. Lo que me parece curioso es que constantemente se deja de lado que los varones también sufrimos la imposición de esos estándares desde niños y también nos causa angustia cuando nuestras vidas no se ajustan a ellos.

No todos tenemos la fortuna de nacer príncipes azules o toparnos con una lámpara y tres deseos. Muchas veces los hombres somos presa de creer que la felicidad solo se alcanza cazando dragones y rescatando princesas; y no contemplamos otras posibilidades hasta más tarde.

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Toda mi vida tuve problemas con los estándares que como hombre Disney y la cultura popular me impusieron cuando niño. Solo encontré el trabajo de mis sueños después de varios años de odiar lo que hacía; después de que me había resignado a que el trabajo es algo que se hace para vivir, pero no para disfrutar. Encontré a mi esposa después de varios desamores y alguna posibilidad pérdida. Me dediqué a una vida aburrida y de oficina mientras mis amigos viajaban y estudiaban por el mundo.

En algún momento cada una de esas situaciones me hizo sufrir por no ser un Aladdin, John Smith o Erick; y con el tiempo empecé a aceptar que ser un Shrek o un Gastón no está tan mal, que hay estándares aceptables. Entendí que mi vida no tiene que ser nivel cuento de hadas. Y de a poco fui aceptando el imperfecto mundo que me correspondía… hasta que llegó el límite de lo aceptable: hasta que llegó el capítulo de mi historia en el me enteré que no podría ser papá.

Teratozoospermia

Desde que conocí a mi esposa uno de los temas que más nos unió fue el sueño compartido de ser padres. Me enamoré de ella en gran medida por la madre que sabía que llegaría a ser. Tanto nos unía ese sueño que inmediatamente después del matrimonio decidimos ponernos en la tarea. Sin embargo, pasaron los meses y nada. Llegó el primer semestre y aún no había noticias de un bebe. Nosotros considerábamos que era lo normal. Esas cosas llevan tiempo.

Pero ya un día ganó la ansiedad y mi esposa decidió acudir con un especialista para que confirmara nuestros problemas o despejará nuestros temores. ¿El diagnostico? Un temor que llevaba tiempo rondándome la cabeza: todo funcionaba bien con ella y todo andaba mal conmigo: Teratozoospermia de menos del 1%.

Tan pronto recibí el resultado busque en google el significado de todas esas palabras que nunca había visto. Pero fue el médico quien me confirmó que había entendido bien y que tenía muy pocas posibilidades de ser papá; a no ser que fuera con una técnica de reproducción asistida.

Mi primer temor fue por el futuro de mi matrimonio. Mi esposa me había dejado claro que uno de sus sueños era ser mamá por lo que me daba miedo su reacción. Pero ella se portó como la gran mujer que adoro y siempre me dio su apoyo. Decidimos mantener la historia entre nosotros pues claramente era un tema privado. Si bien era una decisión obvia, tuvo un gran contra: debimos enfrentar un par de meses viendo embarazos y nacimientos de amigos cercanos y respondiendo evasivamente preguntas de “¿y ustedes para cuándo?”. Sonrisas y un “cuando estemos listos” eran mascaras de una tristeza que no compartíamos con nadie.

El dedo en la herida

¿Cuántas veces estuvimos del otro lado? ¿Cuántas veces fuimos el chismoso preguntándole a una pareja por sus hijos sin saber si hay un dolor que no pueden compartir? Ese es el problema con los estándares: nunca sabemos la tristeza que causamos cuando metemos el dedo en la herida que se causa por no ajustarse a ellos.

Finalmente, mi esposa decidió que si necesitábamos ayuda médica había que buscarla. Si queríamos ser papás tendríamos que hacer un tratamiento de fecundidad asistida. Mientras para un par de adolecentes la paternidad se daba por accidente, a nosotros nos costaría tiempo y dinero; claramente la vida está llena de ironías. Un tratamiento de fecundidad como el que necesitábamos en nuestro caso ronda los 5 mil dólares y no hay garantías de que resulte exitoso. Peor aún, en internet hay historias horrorosas de fraudes donde médicos inescrupulosos ofrecen ese tratamiento y terminan practicando una inseminación artificial con semen de otro donante; algo mucho más barato y efectivo. Gracias a Dios, dimos con una persona decente quien manifestó que antes de hacer el procedimiento había que confirmar el diagnóstico. Me ordenó repetir la prueba.

Nunca se me ocurrió hacer una segunda prueba, creo que me resigné al resultado negativo y no pensé que el problema estaba en otra parte. Por eso cuando salió el nuevo resultado no lo podía creer: todo era perfectamente normal y era capaz de ser papá.

El médico nos contó después que muchos de los diagnósticos como el mío se deben a desatención al personal que manipula la muestra y por eso siempre es recomendable hacer por lo menos dos pruebas en lugares distintos para descartar el error humano. Mi caso era el de un asistente médico aburrido y desatento con su trabajo que no tuvo el cuidado necesario manipulando la muestra. Naturalmente la noticia me despertó una alegría infinita e ira santa contra ese mediocre auxiliar de enfermería que me causó dos de los peores meses de mi vida.

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Mi esposa aún no está embarazada. Sin embargo, ya tenemos la tranquilidad que todo está bien y que en cualquier momento puede pasar. Estamos tranquilos. Algunas veces recordamos la historia del enfermero mediocre con rabia. Pero recordando lo que pasó hay algo muy importante que nos quedó: antes creíamos que ser papás era una etapa normal de lo que esperábamos de la vida, un derecho con el que nacimos y que estábamos reclamando. Hoy entendemos que ser papás es ante todo un milagro.

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